Un ejemplo de fidelidad
Manuel Ortega Calvo
– Académico Numerario de la RAMSE –
Acabo de perder a mi mentor universitario y académico, Don Carlos Martínez Manzanares (1940-2026). He estado reflexionando sobre cuál puede ser la vía común por donde haya transitado su existencia y debo desdeñar los conceptos de rigor, humanismo, noesis y seriedad para quedarme con el de fidelidad. Siendo justos y ciertos los cuatro primeros, creo que el último es el que más va a permanecer en mi memoria.
Carlos ha sido fiel a sus creencias espirituales y a su tierra natal, Almería, de la que no renegaba en ningún momento. Me atrevo a decir incluso que ensalzaba más a aquella tierra soleada y a ratos desértica que al jolgorio y al color del occidente andaluz. El paisaje almeriense concordaba más con el espíritu sobrio del carácter de Carlos.
Carlos ha sido fiel a sus alumnos tanto en el pregrado como en el postgrado, a los que, por lo demás, consideraba sus hijos. No voy a citar aquí, por fatuo e innecesario, las luchas contra la impedancia que tuvo que soslayar para intentar conseguir un substrato administrativo para la especialidad de Geriatría en nuestra querida tierra andaluza. Los gobiernos autonómicos de aquella época no supieron apreciar ni comprender el matiz humanístico que Carlos imponía a sus residentes en la atención y cuidado del paciente geriátrico en el Hospital Virgen Macarena. La Historia dictaminará.
Carlos ha sabido transmitir el conocimiento y los valores que adquirió de Maestros como D. Juan Jiménez-Castellanos, D. José Cruz Auñón y D. Enrique Romero Velasco.
Yo me cuento entre sus alumnos postgraduados pues fue tutor de mi especialidad y Director de mi tesis doctoral. Unos veinte años después de dejar de trabajar con él, nos encontramos casualmente en el funeral de la madre de un buen amigo, el Dr. Royo Aguado. Aquel día, Carlos me susurró: “Manolo, la Academia va a convocar una plaza de académico numerario en Medicina de Familia, ¡Tienes que presentarte!”. Me quedé atónito, pero si me lo decía Carlos debía de ser viable. Jamás se lo podré agradecer suficientemente. Yo no tengo ningún ascendiente médico y además soy huérfano de padre desde los once años.
Carlos ha sido, por otra parte, profundamente fiel a la Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla (RAMSE) en la que presentó a un conferenciante hace muy pocos días cuando estaba prácticamente en la antesala de la muerte. Asistía a las últimas sesiones plenarias por vía telemática aportando siempre comentarios inteligentes y acertados. Debido a su labor estimulante van a publicarse próximamente con su firma, dos artículos científicos de investigación humanística desde los sillones de la RAMSE. Emulando al Papa Francisco, trabajó hasta los últimos días de su vida.
Pero, sin lugar a dudas, el aspecto más claro y más recio de la fidelidad de D. Carlos Martínez ha sido el amor que le profesó durante toda su vida a su mujer, Dña. Carmen Manzanares Japón. El rostro serio, algunas veces hierático de Carlos, se iluminaba primero tibiamente y después de forma meridiana, cuando hablaba de Carmen.
Todos conocemos el amor que Gregorio Marañón sintió hacia su mujer Dolores Moya, tantas veces comentado en sus obras y conferencias. En Sevilla, por otra parte, los médicos de cierta edad conocemos el amor que tenía el Profesor Romero Velasco por su esposa María Luisa. Creo, sin embargo, que estos dos ejemplos se quedan cortos si los comparamos con la pasión romántica que Carlos mostraba por Carmen.
Señores, siento haberles mentido al comienzo de este recuerdo, acabo de darme cuenta que no he perdido a mi mentor, ni tampoco a mi director de tesis… He perdido a mi segundo padre. QEPD.


