Autor: José Antonio Durán Quintana, Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla
Para el DRAE la ejemplaridad expresa la cualidad de ejemplar, es decir, dar buen ejemplo y, como tal, digno de ser propuesto como modelo. Es cualidad que pueden presentar personas o instituciones, aunque en estas solo en apariencia. Bien mirado no existen instituciones ejemplares, a lo sumo personas que se comportan ejemplarmente dentro de una institución. La cualidad de la ejemplaridad no suele mostrarse aislada. Con frecuencia se acompaña de otras, como el sosiego, la moderación, la templanza, la serenidad, etc.
Cuando se rastrea la huella bibliográfica de la ejemplaridad los resultados son magros, con las naturales excepciones. Ahí está para corroborarlo la enciclopédica «Tetralogía de la ejemplaridad» (Gomá, 2003-2013). Algunos escritos más, y más añejos, cabe encontrar, aunque la cosecha no pase de raquítica. En todo caso, sea cual sea la zambullida bibliográfica que se efectúe acerca de la ejemplaridad, toparse con Sócrates es inevitable. Su actitud ante la muerte, sabiendo que su condena era injusta, le ha convertido en paradigma universal de ejemplaridad.
Ciertas precisiones son obligadas antes de profundizar en el asunto. La ejemplaridad es una resultante no buscada, por tanto, no es una meta programada previamente. Ello supone que el hombre ejemplar no se propone serlo, aunque acabe siéndolo. Este hombre, por una pulsión inexplicable nacida en su yo más profundo, se entrega con ardor y constancia a una actividad (no importa cual). Esta entrega le hace alcanzar la máxima perfección en aquella. Perfección que es captada por las personas del entorno del hombre ejemplar. La consecuencia no prevista es despertar en ellas la admiración. En resumen, se puede sostener que la ejemplaridad brota como un brote de admiración.
Alguna aclaración más es conveniente: Admirar no es imitar. Quien imita es consciente de estar fingiendo ser otra persona. Ello significa que no se establece ningún vínculo sentimental o emocional entre el imitador y el imitado. Se podría sostener que su relación es epidérmica, superficial, sin profundización alguna. Por el contrario, quien admira busca -sin dejar de ser él mismo- alcanzar la ejemplaridad que refulge en la persona que considera ejemplar. De otra forma, quien admira se entusiasma con aquella.
Hasta aquí el papel protagónico de la ejemplaridad, es decir, de la persona ejemplar. Mas su manifestación necesita un ingrediente hasta ahora apenas entrevisto. Se trata de quienes se encuentran en el entorno de la persona ejemplarizante. En apariencia desempeñan una función pasiva, un simple estar ahí a modo de testigos. Nada más lejos de la realidad. Además de receptividad hacia el comportamiento de quien consideran ejemplar deben presentar docilidad hacia el mismo. Ello significa ser capaces de absorberlo, de hacerlo suyo.
Parece que hablar de docilidad minusvalora su significado. Como si despertase ecos empobrecedores. Incluso orienta a pensar en el sometimiento a la persona ejemplarizante. Nada más lejos de la realidad. Docilidad es poseer la cualidad de dócil, es decir, que recibe fácilmente la enseñanza – la que sea. De la interacción entre la ejemplaridad y la docilidad surge un binomio funcional, que fue señalado en 1921 por Ortega en su «España invertebrada». La repercusión del mismo sobrepasa, hasta decir basta, el espacio que ocuparía en el presente escrito.
Llegados a este punto resulta obligado mirar por el retrovisor para ocuparse del segundo componente del título, o sea, de lo académico. El propósito no es otro que retar a los miembros de las Academias, especialmente a los de Medicina y Cirugía de Sevilla, a que sean un espejo de ejemplaridad. ¿Y eso como se logra si antes se ha explicado con minuciosidad que la ejemplaridad no es programable, ni cabe buscarla? La clave radica en no confundir, lo que ocurre con frecuencia, la ejemplaridad con otras cualidades que la acompañan y que pueden y deben cultivarse.
Hay, pues, que replantear la cuestión. ¿Se puede ser ejemplarizante sin desear serlo? Naturalmente. Basta con no hacer nada en esa dirección. Con la excepción de entregarse, con pasión y sin desmayo, a la actividad que cada uno haya elegido como proyecto de vida.
Sevilla, diciembre de 2025