Cuando decae la vocación del médico
José Antonio Durán Quintana, Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla.
«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Así empieza la novela Cien años de soledad, y cuenta García Márquez que después de haber escrito esa primera frase se preguntó: ¿Y ahora qué carajo sigue? Hasta aquí la cita, en realidad re-cita, tomada de Marina (Ética para náufragos).
El autor de estas líneas se hace la misma pregunta escatológica que el Nobel colombiano cuando constata la desnaturalización del encuentro médico-paciente … si el primero titubea en su vocación. La respuesta, a poco que sea el rato dedicado a pensarla, cae por su propio peso: Lo que sigue, alma de cántaro, es la ética. Claro que la pirueta mental no la supera ni el mejor de los saltimbanquis. Aparentemente hay mucha distancia entre un exabrupto grosero y cualquier consideración ética, en este caso en el encuentro médico. Ello significa que hay que demostrar la conexión entre ambos extremos.
A manera de despeje de la plaza hay que comenzar afirmando que toda vocación, como forma de afecto, presenta un curso ondulatorio. La del médico no es una excepción. Se sobreentiende que tales ondulaciones en ningún caso sobrepasan los límites de la normalidad, tanto en el ascenso como al caer. Queda así descartado incluir entre dichos límites cualquier patología del estado de ánimo. Es otra cosa.
Pese a no sobrepasar la normalidad hay ocasiones en que el curso ondulatorio se aplana y aproxima al límite inferior. Tal situación exterioriza la atenuación del vigor vocacional, su enflaquecimiento. Indagar las causas de este cambio supera el propósito y las posibilidades de estas líneas. Lo que no puede darse de lado es el zarandeo que produce en el encuentro médico. Algo semejante sucede con el filo de un cuchillo, útil mientras lo mantenga (el filo, digo) e ineficiente si se vuelve romo.
Si el médico vacila en su vocación, si eso le lleva a un embotamiento sentimental en el encuentro con el paciente, se bastardea la calidad del mismo. Tan detestable situación del ánimo, que no es exclusiva del médico, se conoce de antiguo. Los filósofos escolásticos la denominaban acidia (nada que ver con la acidez gástrica). En realidad, expresa el desfondamiento del impulso necesario para la acción, el cansancio para mantenerse en vuelo creador. O sea, un naufragio intelectual y emocional con todos sus perejiles. Quien guste puede etiquetarlo «síndrome del quemado».
Llegados a este punto el autor percibe al fondo la intermitencia de una lámpara-piloto hasta ahora apagada. Le alerta que debe cumplir el propósito anunciado al comienzo: Enlazar el deslustre de la vocación del médico con la ética. Para conseguirlo el primer paso es asumir que el asunto resulta tan frágil como las alas de una mariposa. O sea, tener presente la posibilidad que cualquier error, agazapado en el fondo del asunto, imposibilite el objetivo. Con razón se acepta sin discusión que la ética está en permanente peligro de no lograrse, y cuando se ha logrado está siempre en peligro de malograrse. Ello se debe a que la ética es un universo en el que se identifican innumerables órbitas en continua formación/desaparición.
El paso siguiente es reconocer al paciente como «persona con plenitud ética», es decir, poseedora de derechos y deudora de deberes. Derechos que le son propios y que no se menoscaban por la pérdida de la intensidad vocacional del médico. Siempre están ahí. Estos derechos se situarían en la órbita ética de la dignidad. En cuanto a la merma vocacional del médico hay que señalar que se mueve en la órbita de la supervivencia. Por tanto, a él corresponde la responsabilidad de devolver a su vocación el fulgor y la funcionalidad habituales. Él es quien debe seleccionar las herramientas que le permitan remontar la situación…y aplicarlas. Desde luego, abandonarse no es la opción correcta.
Este escrito comenzó con una salida de tono. Para igualar un inicio tan desequilibrante ahí va, para cerrar, otra malsonancia: Es la ética, estúpido. El dicho proviene del que surgió como un trallazo, y se extendió como una mancha de aceite, durante la campaña electoral (1992) que enfrentó a Clinton y Bush por la presidencia de los EEUU (Es la economía, estúpido). Quiere dar a entender que los resultados – por importantes que sean – no son lo esencial. En el encuentro médico-paciente lo fundamental es que su urdimbre esté construida con vigorosos hilos de vocación entrelazados con firmes criterios éticos.
Sevilla, mayo de 2026.