Autor: José Antonio Durán Quintana, Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla.
Si se está atento al procedimiento en que el Pleno elige un nuevo académico de Número, se percibe un sesgo que sería preferible no existiera. Consiste este en que los académicos promotores de los candidatos se afanan en mostrar la frondosidad científico-profesional de los curricula de cada aspirante, diluyendo al tiempo la presencia y valoración de otras variables. Y así debe ser, porque se trata de elegir el mejor entre los excelentes. Pero no solo de eso se trata, de la solidez y vistosidad del componente científico y profesional. Entre otras razones porque, como he defendido en ocasiones (permítaseme la autocita), nadie que aspire a ser académico se presenta con las manos vacías.
Así que en la elección referida al comienzo deberían entrar en juego otros parámetros, además de los antes citados. Entre ellos los sociales y los ético-morales, sobresaliendo por su ausencia en los últimos el apego a la Academia. Sin meterse en honduras psicológicas, el DRAE lo define como la afición o inclinación hacia una persona o cosa. De manera que en esta ocasión el apego deviene cuando el aspirante a Numerario muestra fehacientemente su inclinación por esta Casa. Si además pudiera cuantificarse tal inclinación, la elección del mejor candidato estaría reforzada y mejor fundamentada.
Se pueden distinguir tres fuentes de donde mana el apego. En la primera el futuro académico ha recibido una siembra académica parental, es decir, alguno de sus ascendientes directos fue académico. La segunda fuente es el azar, que posibilita el contacto del futuro académico con esta Institución (obtención de alguno de sus premios, participación en alguno de sus actos, trato con algún compañero académico, etc.). El último venero se da cuando el posible académico, con un nivel elevado de excelencia científico-profesional y sin relación con la Academia, es llamado por esta.
En los tres casos el apego comienza con tan escasa enjundia que puede calificarse de virutas de apego. Luego, aún frágil y escuálido, evoluciona hacia la consolidación. Con el tiempo va ganando quilates, densificando su contenido, acortando los períodos hueros, incrementando su trabazón, profundizando su hondura. En resumen: el apego a la Academia, una casi irrealidad consecutiva a inicios diferentes, acaba transformándose en un elemento constitutivo de él mismo.
Lo antedicho lleva a una conclusión: el apego debe ser una variable imprescindible a considerar cuando se está valorando a un posible académico. La tarea no es fácil porque el apego, como sentimiento que es, cuando aparece lo hace repleto de subjetividad. La pregunta brota entonces espontánea ¿Cómo esquivarla? La Academia ha ido afinando progresivamente los criterios de elección -y su objetividad- aplicables a la hora de valorar los méritos de los aspirantes. Lo prueba que desde el año 2.011 adoptó un modelo curricular al que deben ceñirse los aspirantes, de gran similitud con los vigentes en otras instituciones del mismo o parecido nivel. En él se encuentra un apartado específico («Antecedentes académicos-Reales Academias»), desglosado en dos epígrafes («Plaza y Actividades»).
Pese a lo anterior, el apego a la Academia sigue ausente cuando se valoran los méritos para ser miembro de ella. Primero por su consustancial subjetividad. Después, derivado de la anterior, por considerarse una variable «blanda» de difícil o imposible cuantificación. Finalmente el epígrafe «Actividades» del curriculum normalizado vigente es útil para recoger hechos tangibles, pero solo indirectamente muestran el apego que hay tras ellos.
Decía Hegel que nada importante se había hecho nunca en el mundo si no lo ha hecho la pasión…pero la pasión fría, añadía. Sigamos tan atinada opinión, cultivando con pasión contenida la búsqueda del tan inasible apego a la Academia. Por fatigoso y difícil que resulte encontrarlo.
Sevilla, marzo de 2.025