Autor: José Antonio Durán Quintana. Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla.

Para no uncir al lector a la confusión conviene aclarar desde ahora que la Academia del título es la de Medicina de Sevilla (en su expresión coloquial más simple). En ella se da por sentado, cuando es elegido un nuevo académico, que estará más que dispuesto en aportar su granito de arena para el engrandecimiento de la Institución. No necesita pregonarlo de forma grandilocuente, e incluso es posible que desconozca los objetivos que recoge su Estatuto. Basta con que en el hondón de su yo algo le diga que tiene el deber de corresponder a la Academia. Si no lo hace por apego hacia ella (quizá no haya tenido aún tiempo de generarlo), al menos por gratitud.

Metiéndose en harina, el primer paso es preguntarse qué se entiende por hacer Academia. Contra lo que pueda suponerse no consiste en llevar a cabo un repertorio de actividades al buen tuntún, cuantas más mejor, sin orden ni concierto, inconexas entre ellas y eludiendo en lo posible aquellas cuyo contenido no sea puramente científico o profesional. Hacer Academia es algo más flexible, sutil y con mayor holgura de criterio. Partiendo de tal supuesto, lo que se pretenda hacer debe estar organizado y asumir ciertos objetivos. Por concretarlo en un lema, podría ser este: Primero planificar y después plenificar. Es decir, llevar a la práctica todo lo programado sigue forzosamente a lo planificado – como si fuera su corolario.

Ahora el segundo paso, que orbita sobre una nueva pregunta: ¿Cómo hacer ese hacer Academia del título? La respuesta es proteica, pues tan actividad académica es organizar una Jornada de actualización médica, como asistir a una sesión necrológica por un compañero fallecido; no tiene menos valor representar a la Academia en la procesión del Corpus, que invitar a un posible futuro Nobel a impartir una lección magistral; ni tiene más densidad académica una Mesa Redonda sobre avances en Oncología que festejar el Día de la Academia. Sin olvidar las visitas a un académico enfermo, acoger a una ONG cuando presenta sus proyectos y logros, preocuparse por la conservación del patrimonio mueble e inmueble, o colaborar con el Colegio de médicos y las universidades de la ciudad, etc. Todo suma.

Llegados a este punto es preciso recordar la existencia de dos circunstancias capaces de malograr, en mayor o menor cuantía, el propósito que reza en el título. La primera es no ajustarse la Academia a su razón de ser, la que justifica su existencia, recogida con contundente sencillez en su Estatuto. En efecto, en el Artículo 1 del mismo se puede leer que el objetivo de la Academia es cultivar, fomentar y difundir las ciencias médicas. Eso significa que no corresponde a los académicos hacer ciencia impactante, es decir, capaz de generar investigaciones publicables en revistas con un factor de impacto elevado. Si este se consigue bienvenido sea, pero sin dejar de tener presente el Artículo antes mencionado.

Una segunda situación se produce cuando se olvida que la Academia no es un constructo mental que flota en la irrealidad, sino una realidad que emana y es acogida como propia por la sociedad de Sevilla. Esto significa que existe obligadamente entrambas un flujo de relación bidireccional. Ello no supone que este se mantenga con igual cuantía y de manera permanente en ambas direcciones, ni que se puedan predecir sus variaciones tanto en un sentido u otro. Incluso puede suspenderse temporalmente, con las consecuencias predecibles: un despilfarro cultural para la sociedad, una desinserción social de la Academia, o ambas cosas.

Hay una frase, histórica desde que se pronunció por primera vez en 1.961, que viene ni pintiparada para la ocasión. La pronunció el presidente de los EEUU, John F. Kennedy, durante su Discurso de Investidura. Es esta: No pienses qué puede hacer tu país por ti. Piensa que puedes hacer tú por tú país. En ella tienen los académicos el bastidor y el cañamazo con que bordar su aportación personal a la Academia. Solo de ellos depende.

Sevilla, mayo de 2025